La junta palitos

por Anahí Mariluan

La memoria de los viejos pobladores patagónicos suele chocar frontalmente con la información catastral del presente. Una abuela que se asentó en el barrio El Frutillar de Furilofche le relató a sus nietos que se crio camino a Villa La Angostura. La reacción inmediata de las personas jóvenes fue la incredulidad.

Para esas nuevas generaciones, que nacieron viendo cómo todo se compra, se vende y se parcela, la cordillera dejó de ser un espacio de vida para convertirse en un negocio carísimo valuado en dólares. Ese choque entre lo que contaba la abuela y lo que oyó su nietada muestra cómo cambió el lugar. La tierra dejó de ser el hogar de la gente para convertirse en un producto de lujo exclusivo para pocos.

Gran parte de las grandes estancias y terrenos que hoy controlan el camino hacia Villa La Angostura pertenecen a terratenientes con adjudicaciones dudosas, desalojos silenciosos y títulos de propiedad concentrados mediante favores políticos y estatales a lo largo del siglo pasado.

Lo que en la época de estos abuelos y abuelas eran huellas de tránsito comunitario, picadas de leñadores y bosques, fue sistemáticamente cercado, privatizado y transformado en cotos de caza, urbanizaciones exclusivas, turísticas o dominios inaccesibles. La cotización inmobiliaria en moneda extranjera consolidó así una barrera económica insalvable, expulsando comunidades mapuche y convirtiendo el acceso a la naturaleza en un privilegio reservado a élites nacionales y extranjeras.

La incredulidad demostraba un imaginario ajeno. Crecieron viendo alambrados por lo que les parece imposible que alguna vez el bosque y los lagos hayan sido espacio común. Se ha naturalizado tanto la exclusión que ya no se puede imaginar un paisaje sin dueños, reflejándose cómo el mercado se quiere quedar con el suelo y también con la historia.

De joven, los domingos en que no le tocaba trabajar eran otra cosa para aquella familia. Se iban hasta la orilla del Nahuel Huapi, justo ahí, al costado de la ruta, en lo que se reconoce como El pedregoso. Pasaban la tarde entera tomando mate, tirando la línea para ver si picaba alguna trucha mientras la abuela juntaba palitos en la costa para llevar fragmentos de la infancia a su casa. Aquellos recuerdos no se ventilaban con cualquiera; se guardaban en silencio, como esas cosas que duele nombrar porque el tiempo y el despojo las volvieron inaccesibles. Para una familia a la que la historia le había arrebatado el lugar donde creció, hablar del pasado era rozar una vieja cicatriz. La vida había seguido su curso entre changas, frío y el trajín diario en El Frutillar, lejos de los cerros en que nacieron, cercanos a otros.

Hasta que, una tarde cualquiera, sonó el teléfono. Del otro lado de la línea, la voz traía noticias desde Villa La Angostura y contaba que la familia Melo había logrado organizarse y resguardar el territorio, constituyéndose formalmente como lof, como comunidad. El abuelo Adrián, ya entrado en años y con el corazón gastado de tanto esperar, no dudó un segundo. Pidió inmediatamente que ubicaran a primos con los que se habían criado en esos mismos parajes, a quienes la vida y los alambrados habían dispersado, para darles el rincón de tierra que les correspondía por derecho y por memoria.

Ese llamado rompió el muro de resignación que habían construido durante décadas. De repente, la historia que creían una fábula inventada por la vejez se volvió de carne y hueso. Ya no se trataba de anécdotas lejanas sobre caminatas por la orilla del lago, sino de la tierra llamando de nuevo, desafiando los títulos de propiedad sospechosos y recordándoles que las raíces, cuando son hondas, siempre encuentran la forma de volver a brotar.

La abuela junta palitos me había pedido que armara un documental sabiendo que manejaba, aunque fuera de forma amateur, algunas herramientas audiovisuales. Quería que su familia entendiera de una vez por todas lo que había pasado. Necesitaba poner imágenes, pruebas y orden a sus palabras para que el relato no se esfumara con su muerte. Pero se fue de este plano más rápido de lo que estas palabras alcanzaron a escribirse dejándome con una deuda en las manos. No soy de su sangre, no estrictamente. Sin embargo, el apellido de la comunidad cruzó las distancias y también ocupó las filas de nuestros parientes entenados en Zapala. Tal vez por eso su encargo me atravesó tanto. Porque su historia no era solo suya, sino el eco de tantas vidas a quienes la mapu les fue negada.

Ahora el documental quedó pendiente de imágenes, pero pasó a ser un compromiso imposible de ignorar. Toda su charla, toda esa memoria que la abuela guardaba, me llegó a través de Vani, su nieta. Sin manuales de historia, sin tecnicismos jurídicos ni artículos engorrosos; solo con la fuerza del relato. Vani fue el puente, parte de la historia de nietos y nietas que entendieron que esa historia no puede disolverse en el olvido.

Esa gran familia, la misma que resistió y resguardó los territorios desde 2011, mantiene viva la posesión comunitaria. En el presente, las nuevas legislaciones nacionales volvieron a inclinar la cancha, favoreciendo los desalojos y priorizando los títulos de papel por sobre la vida arraigada al suelo. El andamiaje del poder siempre se asegura de beneficiar a los suyos, dejando a nuestras familias a la vera de la ruta, mirando cómo el territorio se convierte en propiedad ajena. Vani es fuerte, resiste firme en el compromiso colectivo que asumió con los suyos.

Así le juró a la junta palitos. Porque sabe muy bien que las leyes de desalojo y los negociados inmobiliarios son efímeros frente a la prepotencia del territorio. Contra el capital extranjero y los tribunales amigos de los estancieros, la lucha comunitaria es la herramienta para la defensa de la tierra, el acto político más digno para mantener viva la memoria.

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GEMAS

El Grupo de Estudios sobre Memorias Alterizadas y Subordinadas (GEMAS) es una red de investigadores (docentes y alumnos) pertenecientes a distintos centros universitarios del país. Desde su conformación en el año 2008 se ha venido desarrollando en espacios formales de investigación y extensión, así como en espacios informales de participación política e intercambio de conocimientos.