Por: Ana Cecilia Gerrard (ICSE UNTDF), Luis de Lasa (ICSE UNTDF) y Mariela Eva Rodríguez (CONICET-UBA, FFyL, ICA)1
En la última semana se produjo un intenso debate en torno a la denominación del lago Acigami, luego de que el Gobierno Nacional decidiera de forma unilateral y violenta borrar el topónimo originario, y volver a instituir la denominación “Lago Roca”, en homenaje a uno de los mayores responsables del genocidio indígena en la Patagonia. Esta decisión no contó con la consulta previa, libre e informada a la comunidad yagan ni con el consentimiento de los vecinos de Ushuaia, quienes manifestaron masivamente su descontento en las redes sociales y en diversos medios de comunicación.
Los primeros en expresarse al respecto fueron los integrantes de la comunidad yagan Paiakoala (Ushuaia). Uno de sus referentes más importantes, Víctor Vargas Filgueira, explicó en diversos medios que Acigami es el verdadero nombre del lago, e hizo referencia al testimonio de Cristina Calderón Harban, una anciana yagan portadora de la sabiduría de su pueblo que —antes de fallecer en 2022— ratificó tal denominación. El nombre Acigami, por lo tanto, tiene sus raíces en la memoria colectiva yagan, y es parte de los conocimientos ancestrales transmitidos a través de las generaciones. Vargas Filgueira, además, refirió a una serie de libros oficiales sobre toponimia; en particular a una publicación de 1982, donde se consigna la traducción “bolsita alargada” o “canastita alargada”, que se ajusta perfectamente a su disposición y forma.
Los territorios indígenas fueron anexados cartográficamente a partir de un deseo territorial de la elite política, sostiene Carla Lois (2007), más que como resultado de operaciones geodésicas, al tiempo que se embestía contra grupos e individuos militarmente. Hasta 1879 —fecha oficial del avance militar sobre los territorios indígenas referido por el gobierno de aquel entonces como Conquista del desierto—, solo existían dos cartografías que ofrecían una descripción integral del territorio argentino2. Prestigiosas en la década de 1860, estas fueron desacreditadas en el marco de las políticas de colonización, y se volvieron sospechosas debido a que estaban en lenguas extranjeras, ponían de manifiesto el desconocimiento geográfico por parte del Estado y reconocían el dominio indígena. Las cartas náuticas, en particular, fueron elaboradas en Inglaterra y, por lo tanto, los topónimos figuran en inglés.
Las sospechas sobre la cartografía y el apremio de las elites nacionales para incorporar los territorios indígenas —en el marco del conocimiento, el control y el ejercicio de la soberanía— instaron a confeccionar nuevos planos oficiales. Mientras que la mayoría fueron encargados a los militares, en algunos casos el gobierno contrató a geógrafos europeos, entre los cuales se encuentra Giacomo Bove, un aventurero y científico italiano encomendado por el gobierno de Roca para encabezar una expedición por los mares australes hacia la Isla de los Estados, entre diciembre de 1881 y mayo de 1882.
El nombre Acigami aparece en la cartografía oficial de Argentina por primera vez en el informe de la Expedición Austral Argentina, y su autoría es concedida a los científicos que formaban parte de la expedición de Bove (1883). Durante los recorridos guiados por los yaganes, eximios conocedores de sus territorios, estos científicos reconocieron que los topónimos indígenas son descripciones geográficas claras y únicas. De esta manera, le deben a los yaganes tanto el “descubrimiento” del lago como el registro de su denominación.
A pesar de que la cartografía europea reconoció escasamente los aportes indígenas al conocimiento geográfico, fueron ellos quienes dieron contenido a la cartografía del sur de América en los siglos XVIII y XIX. En el caso del mapa elaborado en el informe de la expedición de Bove, los expedicionarios integraron los topónimos yaganes en su modelo cartográfico, y recogieron las concepciones e impresiones de los indígenas sobre la espacialidad y la organización del territorio.

Bove, 1883
Con posterioridad a la creación de los Territorios Nacionales, en 1885 se iniciaron las investigaciones para la publicación del Atlas del Instituto Geográfico Argentino, el cual se terminó en 1892. Dicho Atlas fraccionó el territorio en gobernaciones, que fueron subdivididas en departamentos en base a una serie de líneas geométricas (siguiendo paralelos o meridianos) o geográficas (siguiendo el curso de los ríos). El territorio practicado por los pueblos originarios, que inicialmente fue apropiado por el Estado colonial y luego por los Estados republicanos mediante el reemplazo de los nombres, continuó con la división en cuadrículas y el loteo facilitada por la visualización a través del Atlas. De este modo, los territorios indígenas que habían pasado a ser Territorios Nacionales, fueron poco después loteados y ofrecidos a la venta (Rodríguez, 2010). La dirección del proyecto del Atlas y la autoría de los mapas corresponden al alemán Arturo Seelstrang, quien incluyó la carta de la Gobernación de la Tierra del Fuego y las Islas Malvinas (1885) y en ella inscribió el nombre Acigami, posiblemente tomado de Bove. Unos años después, el mismo mapa fue reproducido en el Atlas del historiador y geógrafo peruano Mariano F. Paz Soldán (1888).

Seelstrang, 1885

Paz Soldán, 1888
El acuerdo sobre la división limítrofe entre Chile y Argentina —sellada simbólicamente con el abrazo en el estrecho de Magallanes entre los presidentes Roca y Errázuriz en 1899— implicó nuevas denominaciones, que se modificaron de acuerdo con los criterios seguidos por los mapas europeos; es decir, una toponimia conmemorativa en la que predominan los nombres propios de reyes, conquistadores, ciudades y, tras el advenimiento de la república, fechas patrias, nombres de presidentes, etc.
De este modo, Acigami, la “bolsita alargada” de los yaganes, fue dividida por una línea geodésica renombrada al oeste (en Chile) como Presidente Errazuriz y al este (en Argentina) como Presidente Roca. Es recién en el siglo XX cuando dichos topónimos son incorporados en la cartografía, como una muestra simbólica de la soberanía disputada entre ambos países. Estas denominaciones espacializan la memoria del genocidio y el reparto de los territorios indígenas entre ambos Estados y, en simultáneo, invisibilizan su historia y conocimientos vaciándolos de contenido.
En tiempos más recientes, luego de las disputas limítrofes entre Argentina y Chile en 1978, que casi llevó a ambos países al conflicto bélico, el Instituto Geográfico Militar (IGM) publicó el libro Toponimia de la República Argentina (1982). Si bien esta publicación menciona que su nombre original es Acigami, ratifica allí la denominación del lago como Roca que, según se explicita, había sido impuesta por la Quinta “Comisión de Límites en memoria del presidente (…) General Julio Argentino Roca” (1982, p. 293).
Uno de los primeros mapas que utiliza el topónimo Roca para denominar el Lago es el de Barclay (1904) que, probablemente, haya sido tomado de la carta náutica Beagle Channel to Lapataia Bay (1904) del Almirantazgo Británico. Desde 1826, la Marina Real británica llevó adelante relevamientos hidrográficos a los fines de actualizar las cartas náuticas de Tierra del Fuego y del Estrecho de Magallanes, para ampliar el conocimiento y el dominio de los archipiélagos, costas y mares del sur (de Lasa y Luiz, 2021).

Almirantazgo Británico, 1904
De esta manera, los topónimos en la Patagonia austral se han ido sumando en capas superpuestas a través de nominaciones impuestas, desde 1520 en adelante, por parte de conquistadores y aventureros y, desde el siglo XIX, también por el Estado y por los colonos (o pioneros) que contribuyeron al genocidio indígena. Así, los territorios yaganes, selk’nam, kawesqar y haush fueron transformados y los nombres antiguos borrados en una lenta pero sostenida sustitución lingüística, como formas activas de territorialización, siempre en marcha, que resultaron y resultan eficaces para la consolidación y la repetición del despojo fundacional de estos pueblos (Gerrard, 2024).
En síntesis, el nombre Acigami se cimenta en las cartografías oficiales del siglo XIX, en un contexto donde la toponimia constituyó un recurso clave en el proceso de la invención de la nación. Hacia fines de dicho siglo, la mayor parte de las cartografías fueron eliminando gradual y sistemáticamente las referencias y las denominaciones originales. Esta estrategia de silenciamiento y borramiento resultó particularmente eficaz para impedir que los pueblos originarios pudieran recuperar las claves de acceso, tanto a sus concepciones de la espacialidad como a los lazos que tenían con sus territorios antes de la colonización y las violencias que esta desencadenó (Gerrard, 2024). Sin embargo, las acciones violentas no impidieron las prácticas de resistencia y, así, en los espacios íntimos de las familias, los sobrevivientes transmitieron parte de la información. Como afirmamos en un comunicado público elaborado el pasado 11 de junio por la Cátedra Libre de Pueblos Originarios (Universidad Nacional de Tierra del Fuego), la restitución de los nombres en lenguas indígenas a los lugares que guardan las memorias de sus ancestros es una forma de reparación histórica y, por lo tanto, es un acto de justicia. Se llama Acigami.
Obras citadas y fuentes documentales
Admiralty (1904) Beagle Channel Gable Island to Lapataia Bay: From an argentine survey, 1899-1900. Londres.
Barclay, William S. (1904) The land of Magellanes, with some account of the Ona and other indians.Geographical Journal, 23 (1) 62-79
Bove, Giacomo (1883) Expedición Austral Argentina. Buenos Aires: Instituto Geográfico Argentino.
Cátedra Libre de Pueblos Originarios UNTDF. Se llama Acigami. Comunicado de la Cátedra Libre de Pueblos Originarios UNTDF. 11 de junio de 2024.
de Lasa, Luis Ignacio y Luiz, María Teresa (2021). The southernmost end of South America through cartography: Tierra del Fuego, the south atlantic ocean and Antarctica from the 16th to 19th century. Springer Nature Switzerland.
Gerrard, Ana Cecilia (En evaluación). Publicar en Antropología y Ciencias Sociales.
Instituto Geográfico Argentino (1896). Atlas de la República Argentina.
Instituto Geográfico Militar (1982). Toponimia de la República Argentina. Volumen I. Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Primera parte: Tierra del Fuego. Buenos Aires.
Lois, Carla (2007). La Patagonia en el mapa de la Argentina moderna: Política y “deseo territorial” en la cartografía oficial argentina en la segunda mitad del siglo XIX. En P. Navarro Floria (Ed.), Paisajes del progreso: La resignificación de la Patagonia norte, 1880-1916. Neuquén: Educo.
Martin de Moussy, Víctor (1873 [1865]). Atlas de la Confédération Argentine. Buenos Aires.
Parish, Woodbine (1853). Buenos Aires y las provincias del río de La Plata: Desde la conquista y su descubrimiento por los españoles. Buenos Aires: Imprenta de Mayo.
Paz Soldan (1888). Atlas geográfico Argentino: Gobernación de la Tierra del Fuego y las Islas Malvinas. París: Erhard hermanos.
Rodríguez, Mariela Eva (2010). De la “extinción” a la autoafirmación: Procesos de visibilización de la Comunidad Tehuelche Camusu Aike (Provincia de Santa Cruz, Argentina) [Tesis de doctorado, Georgetown University, Washington DC]. ProQuest Dissertations and Thesis Global, https://repository.library.georgetown.edu/handle/10822/553246
Seelstrang, Arturo (1885). Atlas de la República Argentina. Gobernación de la Tierra del Fuego y las Islas Malvinas. Buenos Aires: Instituto Geográfico Argentino.
- Lxs autorxs integran la Cátedra Libre de Pueblos Originarios de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF). Artículo enviado a la revista Sociedad Fueguina del Instituto de Cultura, Sociedad y Estado (ICSE UNTDF) el 14 de junio de 2024. ↩︎
- Según Lois, en la primera edición al castellano del libro de Woodbine Parish (1853), vicepresidente de la Real Sociedad Geográfica de Londres, publicó un mapa de la Patagonia sin trazos de divisiones jurisdiccionales en provincias en el que, debajo de los 34˚de latitud sur, disminuye la densidad toponímica e iconográfica y la presencia indígena aparece en su diversidad. La Patagonia austral, en particular, aparece en un cuadro lateral en escala aumentada, un contorno con nombres de accidentes costeros y puertos cuyo interior se encuentra casi en blanco, evidenciando el desconocimiento de la zona (109). El Atlas de la Confederación Argentina de Victor Martin de Moussy (1865), por otra parte, no incluye la Patagonia en la lámina general, pero tiene otras dos que comprenden territorios patagónicos: la primera llega hasta los 41˚ grados de latitud Sur, la segunda forma una unidad geográfica conocida como Patagonie; topónimo divulgado en Europa desde el siglo XVI (125).
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